Este es el ultimo texto, el texto cuarenta y siete de los publicados. No sé si lo vaya a subir hoy veinte de octubre o un día antes de la firma, sinceramente no lo sé. Me perdí en mis pensamientos rumiantes una vez más, me obsesioné con que en algún lugar ibas a dejar una señal, me obsesioné refrescando las estadísticas del blog para verificar si leíste el posteo. Incluso revisé tu perfil de blog innumerables veces para ver si quizás habías hecho un posteo donde pusieras en palabras tus emociones, tus pensamientos, pero no. No existe señal, no existe respuesta, no existe mensaje, no existe nada. Existe tu silencio, existe que decidiste construir con alguien más y esa persona también estuvo de acuerdo en hacerlo con vos. Existe tu vida sin mí y tu paz con eso. 

En esta estación me dijiste de bailar cuando estábamos por volver

 El jueves voy a llegar a tu ciudad a la tarde, me tengo que ir a hacer un arreglo de una caries que me quedo pendiente antes de haberme ido de allá de forma imprevista. Estuve meditando tanto, consultando qué debería hacer a todas las personas de mi entorno. Si debería decirte de tener una última charla o si debería simplemente esperar hasta el viernes para firmar y después ir a guardar mis cosas para más adelante coordinar el envío de todo. Lo impresionante es que todas las personas me dicen lo mismo, que si tengo la sensación de que hay cosas pendientes, debería tener una última charla con vos. Porque el cierre no se sintió como un cierre y posiblemente nunca lo haga. Es eso lo que más miedo me da, por eso ya no te busqué, por eso no te mandé mensajes, por eso no te llamé, por eso no insistí. 

Otra vez vas a elegir mal? 

 El jueves voy a conectar con todos esos lugares que compartimos durante esos años que convivimos allá, en nuestra ciudad. Donde íbamos a tener nuestra familia y por eso decidimos comprar nuestra casa, incluso estando alejados de nuestras familias, apostamos todo el uno en el otro. Qué ambiciosos! Pero independientemente de eso, voy a caminar todo el día por nuestra ciudad por última vez. Voy a recorrer esa costa como en tantas caminatas que hicimos, voy a observar cada detalle de cada árbol, de cada esquina. Casi como si mi memoria dependiera de eso... bueno en cierto modo lo va a hacer.

 Me siento infinitamente roto, me siento reemplazado, desplazado una vez más, dejado de lado por la novedad. Mientras tanto escucho tu canción para dormir de Coldplay. Me pregunto si la seguís usando o si ya cambiaste tanto que no lo hacés más. 

 Sonrío internamente con el autoconsuelo de que si existen las múltiples realidades, en alguna ya aprendimos a bailar el vals. Riptide y The night we met siempre van a sonar a vos, con qué profundidad me duele escucharlas. 


 En estos últimos días entendí que nuestro vínculo significó poco para vos y que no tenés apego real a las cosas que eran nuestras porque si así fuera, no podrías estar con alguien. El vínculo hubiera durado poco porque hubieras decidido alejarte al tener sentimientos hacia mí, así fueran de nostalgia. Es triste, pero es real y es lo que me ayuda a entender que en el fondo nada de esto es tan importante para vos. Ni la casa, ni nuestra boda, ni nuestra historia ni ese futuro que nos prometíamos, todo es descartable. No existen las señales, no te duele subir un reel con mi voz, no te provoca nada y tampoco te provoca nada subir una foto tuya donde sale nuestro tatuaje como protagonista principal. No te interesa enviarme ninguna señal porque ya lo habrías hecho. 

 Entonces qué sentido tendría una última charla? Qué queda por decirnos? Si con las acciones ya está todo dicho, no dudaste ni un segundo con lo de la firma, para vos era algo que tenía que hacerse, casi como una lista de supermercado. Siempre marcando el camino hacia la destrucción de ambos. Te rendiste con ir a terapia, te rendiste con aislarte de ambos, te rendiste con nuestra relación, te rendiste conmigo. Ese fue tu nivel de compromiso, esa es tu mejor versión, tu accionar de forma extraordinaria para ir tras tus sueños.

Nuestro lugar, nuestra palabra, nuestra promesa

 Escribo esto habiendo llegado de mi paseo, de mi caminata. Paseé por los lugares donde hicimos nuestra primera cita. Hoy hablamos, hoy once horas y once minutos hubo una coincidencia de la que intenté no agarrarme porque hacerlo me dejaría en un peor estado mental que no hacerlo. La vez pasada cuando me dijiste que ya estaban listos los papeles, ese fatídico martes al mediodía, lo hiciste doce y doce minutos, doce y once le había compartido las tres fotos nuestras de mayo a un amigo frente a nuestra casa. Tengo la ilusión de que Dios tiene sus planes y que son perfectos. Tengo la fe en que así es y que las coincidencias no existen. En que estamos destinados, como lo estuvimos esa noche a cruzarnos, como lo estuvieron esos mensajes que mencione arriba y como también lo estuvo esa tarde donde la señora del ex dueño de nuestra casa se fracturó la vertebra al igual que mi abuela. 
 
 Once y once es un simbolismo muy importante a nivel espiritual. Nuestro árbol esta vez roto, qué coincidencia que tres años después, no exista ni el asiento donde nos sentamos aquella tarde. Ni bien salí de la estación me encontré con los carteles que puse arriba en las fotos y con la escritura en la pared. Caminé casi por inercia hacia nuestro banco, al principio no pude sentarme porque había una persona drogada y hostil que lo impedía. Hice tiempo, pero no se iba, así que fui hasta el Museo de Bellas Artes. Saqué fotos, caminé, reflexioné sin música porque ya no tenía mas datos en el celular y en algún momento me encontré con esta pintura:

La última aparición de Cristo a sus discípulos, Herri Met de Blès 

 No sé, veo en el fondo del paisaje casi como protagonista principal lo que parece un tronco roto, un árbol partido en su base que se apoya sobre una montaña. Después me di cuenta de que el número que hoy nos conectó con el mensaje de la alarma, además de su significado profundo espiritual, la suma forman tu número favorito. Y la suma de los dos grupos de minutos de la vez pasada, doce y once minutos más doce y doce minutos, forman nuestro número, el veintitrés. Quizás todo sea un mecanismo de defensa de mi cerebro para poder atravesar esta situación de una forma amena, o puede que sea algo más. Como el nombre de la galería donde compramos nuestras alianzas que se llamaba París o que la persona por la que te volviste a ir repita el nombre de quien era mi mejor amigo durante toda la vida. 

 Ojalá en tu blog publicaras cosas, ojalá pudiera saber cómo avanzar entre el jueves y el viernes cuando esté allá. Ojalá nos encontremos caminando por la costanera este jueves y encontremos la paz en poder conversar una vez más. 

 Mi última entrada, esta vez y para siempre, porque es la cuarenta y siete y es mi número. Espero encontrar las respuestas quizás el jueves, quizás escritas esta vez por vos, en tu espacio. Porque lo voy a seguir revisando diariamente como vos hiciste acá. 

 Formalmente me despido siendo veinte de octubre de dos mil veintiséis, habiendo pasado tres años desde que escribí acá por primera vez porque era mi único medio. Si querés comunicarte ahora te lo dejo a vos, porque yo ya lo hice de esta manera. 

Mi número de corredor del año pasado

  Eclesiastés 3:1

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